Una dictadura de 42 años llega a su fin

24/Ago/2011

El País

Una dictadura de 42 años llega a su fin

24-8-2011 Guerra en Libia. Sublevación acaba con el país que Gadafi inventó hace cuatro décadas derrocando a la monarquía Durante estos años mezcló panarabismo, socialismo y capitalismo petrolero
Trípoli | El País de Madrid
En 1951, la ONU empaquetó tres provincias desérticas en un solo país llamado Libia y reconoció su independencia, con el único fin de que ni EE.UU. ni la Unión Soviética instalaran bases militares en ese vacío arenoso estratégicamente situado.
Nadie era optimista sobre el futuro. La ONU envió a un economista, Benjamin Higgins, para que estudiara posibles formas de desarrollar la nación, y recibió un informe descorazonador: «Libia combina todos los obstáculos al desarrollo que pueden encontrarse en el planeta: geográficos, económicos, políticos y tecnológicos; si Libia puede alcanzar un crecimiento sostenido, ningún país ha de perder la esperanza».
Muamar Gadafi era entonces un niño beduino de nueve años que pastoreaba camellos y pensaba sobre Libia lo mismo que los libios: nada. Dos históricas regiones del desierto, Tripolitania y Cirenaica, habían sido ensambladas con una tercera prácticamente deshabitada, Fazan, pero la gente, poco más de un millón de personas, ignoraba en qué consistía una nación. La brutal colonización italiana había exterminado a un tercio de los habitantes, había impedido que los nativos participaran en la Administración o los negocios y solo había conseguido fomentar el odio.
Al frente del país fue colocado un rey, Idris, del clan cirenaico Sanusi. Idris no quería reinar y no reinó: pasó 18 años evitando tomar decisiones. Le espantaban tanto la ambición y la corrupción de su familia que en 1969, cuando un grupo de jóvenes ejecutó un golpe incruento y le derrocó, se estableció en Egipto pensando que era lo mejor para él y para Libia.
Los nuevos líderes del país, encabezados por Gadafi, de 27 años, no tenían otra ideología que el panarabismo socialista del líder egipcio Gamal Abdel Nasser. El país que heredaban no era tan pobre como en 1951 porque empezaba a explotar sus reservas petrolíferas, pero seguía hundido en la miseria. El profesor Dirk Vanderwalle estima en su libro A history of modern Lybia que todos los alimentos producidos en Libia en ese entonces daban solo para una comida. Es decir, los libios podían consumir el conjunto de su agricultura, ganadería y pesca en un solo almuerzo. La dependencia del petróleo y de las importaciones era absoluta.
Camino al liderazgo. Gadafi era un joven locuaz, mucho más sincero que los otros mandatarios árabes y con una altísima opinión de sí mismo. ¿No podía él ejercer entonces las funciones de legitimidad, soberanía y regulación que se arrogan los Estados?
La idea empezó a concretarse con la creación de los Congresos Populares (1971), agrupaciones voluntarias que de alguna forma inconcreta ejercerían el poder, y la Ley 71 (1972), que prohibía toda actividad política que implicara «disidencia». Y alcanzó la plenitud en 1973 con el lanzamiento de la Revolución Popular y la publicación del primer tomo del Libro Verde, centrado en una Tercera Teoría Universal que superaba el capitalismo y el marxismo. La gran teoría universal de Gadafi y su libro, inspirados en la Revolución Cultural y el Libro Rojo del chino Mao Zedong, constituían un intento técnicamente insostenible pero probablemente sincero de crear un sociedad justa, igualitaria y participativa, sin Estado ni burocracia ni corporaciones.
Como Nasser había muerto y los libios se mostraban inmunes al chovinismo, Gadafi combinó la revolución sin Estado con ímprobos esfuerzos por alcanzar la unidad del mundo árabe en su sentido más amplio, desde Marruecos hasta Yemen. Libia mostraba un auténtico furor por fusionarse con otros países. Lo hizo con Egipto y Sudán (1969), con Egipto y Siria (1971), con Egipto a solas (1972), con Argelia (1973), con Túnez (1974), con Chad (1981) y con Marruecos (1984). Ninguna de las fusiones funcionó. El panarabismo agonizó en un par de décadas.
El primer cambio. Los años setenta, con sus dos crisis petroleras (1973 y 1979) y su tremendo encarecimiento del petróleo, proporcionaron a Libia enormes recursos financieros que Gadafi aprovechó para dar un paso más hacia el socialismo sin Estado. En 1980, Gadafi proclamó que los 40.000 empresarios libios, comerciantes en su gran mayoría, eran «parásitos», y estranguló la propiedad privada. Como eso no encajaba con la ley coránica, la sharia, muy respetuosa con lo privado, se descartó el sistema legal religioso hasta entonces vigente en Libia y se sustituyó por tribunales revolucionarios que aplicaban «la ley revolucionaria».
En realidad, el sistema del «socialismo sin Estado» constituía un juego de espejos. La economía se gestionaba en teoría de forma asamblearia; en la práctica, la industria petrolera (98% del PBI) se había dejado absolutamente al margen de las doctrinas del Libro Verde y era dirigida por tecnócratas a las órdenes de El Líder. En teoría Gadafi no ocupaba ningún cargo porque no existía Estado («yo no puedo hacer nada», decía en el párrafo final del Libro Verde); en la práctica, él y su entorno, luego oficializado como Foro de Compañeros de Gadafi, tenían poder absoluto.
El poder absoluto de Gadafi se canalizaba por vías informales. Como no se fiaba del Ejército (tan mal organizado y armado que fue capaz de perder en 1987 una guerra contra Chad, por entonces el país más pobre del mundo), utilizaba grupos policiales paralelos que se solapaban unos con otros y garantizaban la paranoia necesaria en un régimen dictatorial.
Ante sus fracasos panarabistas, Gadafi decidió influir en la política mundial a través de grupos terroristas interpuestos. Tuteló a los palestinos de Abu Nidal y Yihad Islámica, financió al IRA irlandés y patrocinó numerosos atentados. Eso fue desastroso para Libia. Las sanciones comerciales impuestas por Estados Unidos y luego por el resto del mundo arruinaron al país. Las rentas del petróleo alcanzaban los 21.000 millones de dólares anuales en 1982; en 1986 apenas superaban los 5.000 millones. Los bombardeos ordenados por Ronald Reagan en 1986 hundieron la ya renqueante popularidad de Gadafi y convencieron a El Líder de la necesidad de cambiar de rumbo. Lo hizo, como siempre, de forma paradójica: anunció una «extensión de la revolución» que, en realidad, suponía el fin de los años revolucionarios, y publicó la Gran Carta Verde de los Derechos Humanos en la Era de las Masas.
Se abrieron las fronteras, se liberó a centenares de presos políticos, los Comités Revolucionarios desaparecieron de los cuerpos policiales, se suprimieron los tribunales revolucionarios y se promulgaron algunas leyes que redujeron la arbitrariedad y permitieron una parcial reaparición de la empresa privada. En el terreno diplomático, Libia siguió practicando el terrorismo (con los atentados a aviones de Pan Am y UTA, por ejemplo), pero con convicción decreciente. En los años noventa, las sanciones mantuvieron su terrible efecto y empezó a faltar literalmente el pan en Libia. Eso suscitó algunas sublevaciones islamistas en Cirenaica, aplastadas con facilidad.
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 ofrecieron la oportunidad de ponerse del lado de EE.UU. y salir del ostracismo internacional. Libia volvió a recibir inversiones petroleras, aumentó la producción de crudo, multiplicó sus inversiones en Europa, especialmente en Reino Unido e Italia, y volvió a ser mimada por las corporaciones capitalistas.
En 2004 se inauguró en Trípoli el primer hotel cinco estrellas, y llegó la tarjeta de crédito. El retorno del dinero y las tímidas liberalizaciones y privatizaciones impulsadas por Saif al Islam, hijo favorito de Gadafi y en la práctica el premier, acabaron con lo que quedaba del espíritu igualitario de la revolución. La casta dominante se hizo riquísima mientras la población permaneció en una relativa pobreza, dominada como siempre por las paradojas: cuantas más universidades se abrían, más aumentaba el paro juvenil; cuanto mejor era la medicina, más libios acudían a hospitales tunecinos; cuanto más alta era la esperanza de vida (una de las más elevadas de África), menos popular era Gadafi.
Y luego llegó la revolución.
Decapitan estatua del rais en Trípoli
Los rebeldes opositores libios que entraron en el complejo de Muamar Gadafi en Bab al Aziziya decapitaron un monumento símbolo del rais libio y algunos pisotearon la cabeza para mostrarla ante las cámaras de las emisoras extranjeras que entraron en el búnker.
Al Jazeera, CBS y SkyNews mostraron las imágenes de la insurrección junto con la del rebelde que escalaba el monumento de Gadafi construido dentro del complejo tras los ataques aéreos ordenadas por Ronald Reagan sobre Trípoli y Bengasi en 1986.
La estatua muestra un puño cerrado, dorado, que atrapa un caza F-16 norteamericano.
La cabeza de la estatua «decapitada» en la calle, símbolo del derrumbe del régimen, fue pateada, pisoteada, aplastada por los opositores, tal como sucedió en Bagdad tras la «caída» de Saddam Hussein. ANSA
La cifra
27 Son los años que tenía el joven capitán Muamar Gadafi cuando derrocó al débil régimen del rey Idris I que gobernó por 18 años.
Una era de poder absoluto
1969. Gadafi y otros oficiales del ala izquierdista del Ejército organizan un golpe de Estado para derrocar al rey Idris I, e instauran el Consejo Supremo de la Revolución.
1973. Tras sofocar una intentona golpista de disidentes, Gadafi declara la Revolución Cultural para crear una sociedad nueva.
1976. Gadafi publica el Libro Verde, texto en el que expone su original concepción de un islam politizado, ni laico ni integrista.
1980. Gadafi decide incrementar su apoyo financiero y logístico a grupos considerados terroristas por Occidente, incluidas varias facciones radicales palestinas.
1981. Cazas de EE.UU. derriban dos aviones libios en el golfo de Sirte, reivindicado por Trípoli.
1985. Doble atentado terrorista en los aeropuertos de Roma y Viena. Mueren 19 personas. EE.UU. acusa al gobierno libio de estar vinculado con los autores.
1986. Atentado contra la discoteca La Belle en Berlín, frecuentada por soldados norteamericanos: tres muertos y 300 heridos. Como represalia, aviones de EE.UU. bombardean Trípoli y Bengasi y matan a 44 personas, incluida una hija adoptiva de Gadafi.
1988. Atentan contra un avión de Pan Am, que estalla sobre Lockerbie (Escocia) con 270 personas a bordo. Reino Unido acusa a dos agentes del régimen libio.
1992. ONU impone sanciones a Libia para que entregue a los sospechosos del atentado.
1994. ONU endurece las sanciones y ordena la congelación de activos del régimen en el extranjero.
1999. Libia entrega a los acusados del caso Lockerbie. ONU suspende las sanciones contra Libia.
2003. El régimen asume su responsabilidad por el atentado en Escocia y acepta indemnizar a las víctimas. Gadafi renuncia al programa de desarrollo de las armas de destrucción masiva.
2006. Se restablecen las relaciones diplomáticas y económicas entre Libia y EE.UU. (borran a Libia de la lista de Estados terroristas).
2008. Visita a Trípoli de Condoleezza Rice, la primera a este país de un secretario de Estado norteamericano en 55 años.
2010. UE y Libia acuerdan frenar la inmigración clandestina.